Orson Welles.A nadie le encantaba la idea de ver los dibujos de cuerpos partidos por la mitad que salían en los libros de Vallecillo y que servían para identificar los órganos corporales. Lo que queríamos ver eran muchachas desnudas en imágenes que estuvieran muy alejadas de los intereses científicos.
Sólo puedo hablar por los muchachos de la clase. Las señoritas invertían su tiempo en cuestiones menos importantes, como pensar en tipos desnudos. Hay que aceptarlo. Ver cuerpos desnudos era, y me atrevo a decir que sigue siendo, una de las preocupaciones constantes de los estudiantes de secundaria, pero por desgracia en los libros de Ciencias esas ilustraciones no existían. Estaban prohibidas, censuradas, recortadas, extirpadas.
De esos años trágicos que pasé en secundaria una de las pocas cosas, digamos valiosas, que me quedaron fue la idea de que es bueno dar ejemplos. Eso es mejor que nada. Al menos no me convertí en delincuente sexual.
Admiro a la gente que sabe hablar bien, pero más a la que sabe hablar y dar ejemplos en prosa clara –aunque sea prosa conversada-. Por ejemplo (al dar este ejemplo, muestro la importancia capital de dar ejemplos), me gustan los diccionarios con ejemplos que me enseñan el uso correcto de una palabra, los libros que dan ejemplos de cómo construir algo, desde un avión de papel hasta un aeroplano, y las películas que hablan sobre tribus de sitios remotos y dan ejemplos sobre cómo celebran el rito de la fertilidad o su manera de enterrar a los muertos.
El ejemplo puede convertirse en una especie de arte. Analicemos un poco esta idea que se me acaba de ocurrir. Tal vez sirva de algo.
Para mí, el mejor ejemplo es el que se muestra a los ojos del oyente o del auditorio, el que se lleva a cabo ante su mirada. Eso sí sería el auténtico arte del ejemplo. No tengo nada en contra de las meras enumeraciones de ejemplos; como ya dije, me gustan mucho. Pero no hay nada que se pueda comparar con el ejemplo que tiene lugar delante de nosotros, que se despliega como un brillante abanico y nos permite conocer realmente a fondo el tema del que nos están hablando.
Recuerdo la muestra más destacada de un ejemplo de esta clase. Lo vi en la película El sentido de la vida, del grupo cómico inglés Monty Python. En un episodio de esa cinta, un profesor, interpretado por John Cleese, da a sus alumnos una clase magistral sobre el acto sexual. Para dejar plenamente aclarados todos los puntos tratados en la clase, hace que su esposa entre en el aula, baja una cama empotrada en la pared (¡estos docentes ingleses sí saben aumentar el número de los recursos pedagógicos!) y hace el amor con su mujer mientras explica detalladamente cada paso del proceso.
La clase de educación sexual, según Monty Python. Any subtitles, please?
Los ejemplos nunca aburren, son sumamente instructivos y divertidos. Pero ¿y si tratara de explicarle a alguien en qué consiste el aburrimiento? Tendría que darle un ejemplo… y el ejemplo tendría que ser aburrido. Creo que ésa sería la única excepción de la regla que determina lo entretenidos que son los ejemplos.
Otra excepción –la llamaré así por ahora, luego pensaré en otra palabra- sería explicar cómo se lleva a cabo la muerte de la persona que nos oye hablar de los ejemplos o de quien lee nuestras ideas sobre ese gran tema. Obviamente, al llegar al apartado EJEMPLOS, tendríamos que asesinar a nuestro oyente. Mala suerte para él o ella, pero no hay manera de escapar de la inflexible ley de los ejemplos. En este caso, el ejemplo podría resultar moderadamente divertido para nosotros si el oyente es nuestro enemigo, pero él no compartirá nuestra emoción. Ni modo.
¿Qué hay de los que pretenden explicarnos la naturaleza del fraude, las características de la falsificación, cómo se efectúa el acto de mentir? Hablo del fraude en general, de cualquier falsificación, de la mentira en su sentido más amplio. Me refiero a cualquier mentira.
Al llegar al momento de dar un ejemplo, es natural, conveniente y necesario que el tipo que nos está dando su seminario sobre el fraude se convierta en un estafador y nos engañe. Eso es lo que andábamos buscando, ¿no? Pues a hacerle ganchete. Este estafador aficionado nos timará para no dejar en nosotros ninguna duda sobre las características del engaño. ¿Puede haber algo mejor que esto? Lo dudo.
Hablo de todo esto porque acabo de ver la película F de fraude, firmada por Orson Welles en 1974, y me ha parecido un ejemplo destacado de los tableaux vivants.
El filme de Welles cuenta la historia de dos hombres: el pintor húngaro (¿?) Elmyr de Hory y el novelista gringo Clifford Irving. ¿Por qué los paréntesis y los signos de interrogación después de “húngaro”? Además de su utilidad como adornos, sirven para preguntarme si en realidad Elmyr era húngaro. No sobre si era pintor, ya que eso queda suficientemente demostrado en la película de Welles. Luego explicaré mi duda.
Elmyr e Irving compartían una afición: ambos eran estafadores.
Elmyr, que aseguraba que había nacido en Hungría en una familia noble, se dedicaba a falsificar obras de pintores famosos. Durante años, en Estados Unidos y en Europa, creó copias exactas de pinturas de Modigliani, Picasso, Cézanne, Soutine. Aparentemente nunca se hizo rico con sus timos aunque, como el mismo Elmyr lo dice con alarmante felicidad en F de fraude, “nunca dejé de vender una sola de mis falsificaciones. Las compraban todas”.
Elmyr sabía que los únicos que podrían descubrir sus trucos eran los expertos en arte, pero también estaba seguro de que por lo menos al principio sería capaz de engañarlos incluso a ellos. Pero era sumamente inteligente: sabía que ningún experto iba a delatarlo porque, si lo hacía, estaría desprestigiándose por no haber descubierto la estafa a primera vista. Por eso ningún experto lo delataba. Elmyr declaró con algo de melancolía en el filme de Welles: “Fui astuto. Jamás he firmado una de mis copias”.
Cuando Elmyr supo que copiar pinturas podría volverse riesgoso, ya que algún conocedor sería capaz de comparar sus copias con los originales, hizo una movida aún más riesgosa y sorprendente. Decidió crear Modiglianis y Picassos originales… ¿Quién iba a revelar el timo? Nadie podía dar una cifra exacta de las pinturas de Soutine o Chagall. De hecho, cada cierto tiempo se descubrían, ocultos en la colección de un magnate, en una vieja bodega o hasta en un granero, nuevos lienzos de esos pintores.
¿Un Modigliani de Elmyr o un Modigliani de Modigliani?¿Y Clifford Irving? Irving no vendía sus novelas, así que se largó a Ibiza, donde en esa época Elmyr vivía con su “guardaespaldas” en una villa prestada por un admirador. Aprovecharé para apuntar aquí, sólo de pasada, que Elmyr era gay, maricón, mariposón, loca, chuleta. Estos sinónimos me sirven para asegurarme de que realmente Elmyr era marica, ya que todo en los personajes de F de fraude tiene aspecto de… fraude. La idea de Irving era hacer algo de dinero vendiendo la biografía del “mayor estafador de la historia”, es decir, Elmyr.
De la entrevista entre Irving y Elmyr surgió el libro Fake!, de 1969, en el que Irving relata la vida azarosa y fraudulenta del timador húngaro.
Este encuentro improbable entre el novelista fracasado y el estafador aparentemente exitoso –y, también, aparentemente fracasado- es lo que otros llamarían el “punto de inflexión” en la vida del novelista estadounidense. Parece que en algún momento entre 1969 y 1971 a Irving se le metió en la cabeza convertirse en estafador.
El plan de Irving, transformado en engañabobos, tenía un aire de alegre locura.
Irving sabía que el multimillonario Howard Hughes sufría una enfermedad mental que durante décadas lo había obligado a ser un recluso. Pobre tipo. Circulaban historias de toda clase sobre Hughes: que tenía el pelo largo hasta las rodillas, que pasaba desnudo la mayor parte del día en una habitación climatizada e higiniezada, que coleccionaba botellas de su propia orina, que sólo tomaba leche escrupulosamente inspeccionada por su delegado sanitario personal o que las uñas de sus manos medían un pie de largo. Nadie, absolutamente nadie, estaba seguro de la verdad sobre Hughes, así que lógicamente todos, absolutamente todos, pagarían millonadas por saber esa verdad. Irving le haría un favor a la humanidad al revelarle la vida íntima y los secretos del millonario misántropo.
Todos los factores para hacerse rico estaban ahí. Sólo faltaba un tipo atrevido. Irving era ese tipo. Se reunió con dos o tres colaboradores, su mujer Edith entre ellos, y planearon el golpe.
Nadie entrevistaría a Hughes porque sencillamente Hughes no se entrevistaba con nadie. Pero ¿y si fingían que Hughes había dado una entrevista? Lo primero que hizo Irving fue falsificar cartas y documentos con la letra de Hughes y se los presentó a una importante editorial. “Tengo estos papeles de puño y letra de Hughes que el propio Hughes me entregó. El hombre está dispuesto a darme la entrevista del siglo, pero no quiere saber nada de nadie más. Sin embargo, necesito dinero adelantado y viáticos”. Los editores estaban fascinados. Los calígrafos también. Nunca habían visto documentos tan convincentes. Sin duda eran de Hughes.
Irving recibió 750,000 dólares, 100,000 para él y 650,000 para Hughes. Edith Irving se hizo pasar por la esposa de Howard Hughes y depositó la mayor parte de los 750,000 dólares en una cuenta suiza e Irving guardó lo demás para viajar a los puntos que supuestamente Hughes había escogido para darle la entrevista. En realidad, Irving iba a encontrarse con sus amantes.
Irving pagó su aventura con dos años de cárcel, pero al parecer valió la pena. Sus libros volvieron a venderse.
Creo que me extendí demasiado al contar la historia de los dos timadores, Irving y Elmyr –que también pasó unos días de prisión en Ibiza-, pero no pude evitarlo. Me parece demasiado interesante aunque tal vez al contarla haya perdido algo de su interés.
A lo que deseaba llegar era al momento en que Welles, luego de contarnos las aventuras de los dos engañabobos, nos da su ejemplo de estafa. ¿Cómo lo hace? Sencillo. Nos tima.
Al principio de F de fraude, Welles aparece vestido de mago y hace prestidigitación con una llave ante los ojos fascinados de un niño. Anuncia pomposamente: “Esta llave no es un símbolo de nada”. Cierto, pero el niño sí es símbolo de algo: de los espectadores a los que engañará. Incluso nos advierte: “Durante una hora juro que todo lo que les cuente será apegado a la más estricta verdad” y para certificarlo muestra su juramento por escrito en la pantalla.
Welles es riguroso y cumple al contarnos la verdad, los hechos, durante una hora. Pero F de fraude dura una hora con veintiocho minutos, es decir que, según su contrato de apego a la realidad, tendrá más de veinte minutos para estafarnos. Y eso es lo que hace. Nos cuenta la historia falsificada de una falsificación…
Primera parte de la estafa de Welles.
Segunda parte de la estafa de Welles.
Se me ocurre esta fantasía: si las copias de grandes pinturas hechas por Elmyr de Hory son tan perfectas que nadie puede distinguirlas de los originales, entonces, ¿no sería posible que esas supuestas copias de Elmyr que, según Elmyr, cuelgan en grandes museos sean en realidad las pinturas auténticas?Es decir que Elmyr nunca fue capaz de copiar perfectamente un Modigliani ni un Picasso y que todo lo que se dice de él es también un fraude.
Posiblemente jamás pudo vender sus copias ni sus originales a ningún museo y contrató a Irving, un conocido inventor de ficciones, para que lo convirtiera en estafador en su biografía Fake! Elmyr quería la fama que nunca tuvo como pintor y la que jamás podría haber tenido, porque era una fama ilegal, si hubiera sido realmente el estafador en que Irving lo convirtió.
A cambio de ese momento de popularidad delictiva, Irving le pidió a Elmyr que lo instruyera en el arte de la falsificación.






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